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El silencio mortal: La importancia de medir la presión arterial

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Por: Eddy Manuel Díaz Tapia

Visualicemos un peligro imperceptible, un adversario que vive en nuestro interior y opera sin descanso para desgastar nuestros órganos esenciales sin dar ninguna señal. No causa fiebre ni genera dolor, al menos no de inmediato. Este adversario es conocido como hipertensión o, de manera más simple, presión arterial elevada. Su capacidad para permanecer oculta le ha otorgado un apodo inquietante en la medicina: el asesino silencioso.

La Organización Mundial de la Salud indica que un gran número de personas en todo el planeta padece hipertensión sin tener conciencia de ello. Con frecuencia, esperan hasta que las consecuencias son devastadoras: un ataque al corazón o un accidente cerebrovascular. En estos casos, el diagnóstico suele realizarse cuando ya es demasiado tarde.

Este artículo de opinión no se limita a ser un consejo; es un llamado urgente a la reflexión. La toma regular de la presión arterial no es una opción que se practica solo cuando se desea, sino una medida esencial de autocuidado que puede neutralizar esta amenaza antes de que se manifieste de forma fatal.

Para comprender la importancia de la medición, es fundamental entender el término. La presión arterial se refiere a la fuerza que ejerce la sangre contra las paredes de los vasos sanguíneos mientras el corazón la impulsa. Se expresa mediante dos cifras: la sistólica, que representa la presión más alta durante el latido, y la diastólica, que indica la presión en el intervalo entre un latido y otro.

Cuando estas cifras se mantienen constantemente elevadas, el daño se vuelve progresivo. Es como si el sistema circulatorio estuviera sometido de manera continua a una presión excesiva. Con el tiempo, las arterias —diseñadas para ser flexibles— comienzan a volverse rígidas y estrechas, un proceso conocido como arteriosclerosis.

La investigación médica ha redefinido lo que se considera un riesgo aceptable. El mensaje más contundente de la Asociación Americana del Corazón (AHA) es claro: el peligro silencioso comienza antes de lo que se pensaba. Según su clasificación vigente, la presión arterial normal se sitúa por debajo de 120/80 mmHg. Sin embargo, el riesgo aumenta de forma significativa en la categoría denominada “elevada”, que comprende valores sistólicos entre 120 y 129 mmHg y diastólicos por debajo de 80 mmHg.

Aunque tradicionalmente se consideraba hipertensión a partir de 140/90 mmHg, las guías actuales han reducido ese umbral. La hipertensión en etapa 1 comienza ahora desde 130/80 mmHg, lo que con frecuencia requiere una combinación de cambios en el estilo de vida y, en algunos casos, tratamiento farmacológico.

La respuesta frente a esta amenaza oculta es sorprendentemente simple y accesible: la medición. Basta comparar el breve tiempo que toma este acto con la dificultad, el costo y el sufrimiento que implica enfrentar un infarto o recuperarse de un accidente cerebrovascular.

El medidor de presión arterial no es un instrumento exclusivo de hospitales o clínicas; es una herramienta que otorga poder al paciente. La Asociación Americana del Corazón respalda firmemente el monitoreo en el hogar, ya que las mediciones realizadas en casa suelen ser más precisas y permiten detectar condiciones como la hipertensión de manera temprana. Medirse con regularidad en el entorno cotidiano proporciona una visión real del estado de nuestras arterias.

Conocer los valores es el primer paso, pero actuar es lo que realmente salva vidas. Romper el silencio mortal es una responsabilidad personal. El verdadero potencial de la prevención no reside en tratamientos costosos, sino en el poderoso acto de conocer tus cifras, comprenderlas y aprender a controlarlas.

Si deseas, puedo adaptarlo para periódico digital, hacerlo más corto, o ajustarlo para una campaña de salud o redes sociales.